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07
Sep

Recuerdo cuando era unos años más joven y cada que tenía un problema recurría a San Google para preguntar lo que debería hacer ante dicha situación. En ese tiempo yo trabajaba en las oficinas de una almacenadora y cuando tenía algún problema, ya sea familiar o con mi novia abría una página de internet, escribía mi problema o hacía alguna pregunta y me metía a Yahoo Respuestas, a la entrada de algún blog o a páginas enfocadas a dar consejos. Leía todos los links que pasaban frente a mí y si encontraba dos o tres respuestas similares, la tomaba como consejos y lo seguía. Dejé de pensar por mí mismo en las situaciones donde no sabía qué hacer y no siempre salía como lo contaban. Entonces comprendí que las experiencias de los demás no funcionan para todos por igual, cada persona es diferente y cada relación es un mundo. “Debo dejar de refugiarme en Google”, pensé y lo hice.

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En lugar de buscar en internet respuesta a mis problemas comencé a hablarlo primero con mis amigos más cercanos, pero sus respuestas no me convencían siempre y no hacía caso, después me sentía un poco mal por haber contado parte de mi vida privada. Otras veces sólo funcionaba como forma de desahogo, pero seguía sin encontrar la solución a mis problemas. Empecé a analizar por qué lo hacía y poco a poco descubrí que todo se trataba del miedo a equivocarme, siempre pensaba que mi idea era lo bastante mala para resolver ese problema. La respuesta a todos mis problemas era quitarme los miedos y atreverme, arriesgarme a que todo saliera realmente mal o se arreglara pero con mi propia idea. Debía lidiar con las consecuencias, fueran buenas o malas. Y así me animé.

Si tenía un problema con mis padres, lo hablaba con ellos y seguía mi idea para arreglarlo. Si tenía un problema con mi novia, hacía lo que mi mente creía era lo mejor para solucionar el problema. A veces no salía como yo pensaba, pero tampoco era el fin del mundo. Un par de ocasiones sí empeoré el problema, pero aprendía que eso no funcionaba con esa persona. Si volvía a pasar ya sabía cómo no actuar y buscaba planes alternativos. Sentía como mi pecho se oprimía cada vez que estaba a punto de actuar bajo mis propios lineamientos, el miedo seguía ahí, no podía controlarlo, simplemente pasar sobre de él y hacer lo que creía correcto, lo fuera o no, insisto.

Con el tiempo aprendí que al final la decisión era mía y debía hacer lo que sintiera correcto. Si las cosas salían bien, bien, si salían mal, también. Simplemente debía seguir mi corazón o mi cerebro, los cuales en ocasiones no estaban de acuerdo, pero llegaban a un término medio. Así que cuando un amigo me pregunta que debería hacer ante tal situación o simplemente me cuenta su problema esperando que le dé una respuesta que le ayude a solucionarlo. Antes le pregunto… ¿qué te gustaría hacer? Pues haz eso y listo, atente a las consecuencias, buenas o malas.

VIDEO: Mario Luna | YouTube

AUDIO: Buika Soundcloud

FUENTES: Google

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